¿Cómo se vive en Perú? La realidad del inmigrante venezolano

Bajo la imponente nubosidad y expuesta a las bajas temperaturas que caracterizan a la ciudad de Lima, desde las cinco de la mañana se levanta a trabajar la señora Mireya Díaz, venezolana sexagenaria oriunda de la parroquia de Catia en Caracas.

Su plaza de trabajo es el Mercado Uno de Turquíllo, un espacio popular donde convergen una gran cantidad de vendedores informales, entre ellos, venezolanos que intentan ajustarse al sistema económico precario que les ofrece la República del Perú.

“Se vende café, chocolates, kekes”, se exclama con característico acento venezolano en los pasillos y esquinas de este conocido mercado, al tiempo que la señora Mireya Díaz entrega a los transeúntes un vaso de café por el costo de un sol.

Hace un año y tres meses que arribó al Perú, pero jamás imaginó que su concepto de vida perfecta fuera de Venezuela sería un completo fiasco.

“La verdad es que este país no cumplió mis expectativas, el dinero no alcanza, se trabaja para sobrevivir y mi condición de salud es delicada. Durante mañana y tarde trabajo con mi termo de café, mi hija y yo tenemos arrendado un apartamento en Dante pero los servicios cuestan 300 soles y el arriendo 1500 soles (…) mucha plata”, más de 600 dólares.

Y es que detrás del entusiasmo madrugador de cada venezolano, se esconde una realidad más cruenta; trabajos forzosos e informales, arriendos a precios inaccesibles, jefes abusadores, agresiones verbales, escasa oportunidad de estudio, altos costos de las medicinas y un desequilibrio emocional que no lo compensa medio plato de comida.

Del otro lado de la ciudad a casi dos horas, se esconde el distrito de Santa Anita, un sector claramente marcado por la desigualdad social y el olvido del gobierno peruano, en este lugar, vive junto a sus dos pequeños hijos la valerana, Lismeida del Valle Ramírez Medina.

“Llegue aquí hace 3 meses buscando bienestar de salud para mi hija, pues ella tiene una malformación congénita del sistema nervioso, solo quería una consulta con un neurólogo para que me diera un informe médico, pero me dijo tenía que hacer de nuevo todos los estudios, no toman en cuenta el informe médico venezolano”.

Ramírez aseguró que posterior a su visita con el especialista peruano, fue referida a diversos psicólogos y psiquiatras, pero las citas tenían un valor aproximado de 20 soles, sin contar con los gastos por resonancias magnéticas, electroencefalogramas y tomografías que rondaban los 215 soles.

“No tenía trabajo estable, vendía en la calle para medio comer y reunir el dinero para el médico, pero ya no pude más, acá también se paga un arriendo de 300 soles mensuales por una habitación, y pues si no tienes el dinero te sacan a la calle y llaman a la policía”.

Entre lágrimas explicó que los trabajos que realizó venían acompañados de abusos.“Mientras trabajaba a mis hijos los cuidaba una señora pero solo hasta cierta hora, esto porque no pude inscribirlos en la escuela, siempre me ponían peros, que no había cupo, entre otras cosas(…) Recuerdo un trabajo en particular en una casa de familia, desde las ocho de la mañana todo el día sin parar, ellos solo me daban una comida y eso cuando ya iba a salir, fue muy humillante sabes (…) salía muy tarde, llegaba a las nueve o diez de la noche para hacerle todas sus cosas a mis hijos, bañarlos, darles su comida y a dormir de nuevo”.

“Me quiero ir a Venezuela, honestamente porque esto no es vida, yo en mi país tengo casa, está ubicada en Valera estado Trujillo, mi hija tendría de nuevo a su neurólogo y seguiría sus consultas en el Hospital Pedro Carreño, al igual que su escuela”, agregó.

Casos como el de Lismeida Ramírez abundan en ciudad de Lima, venezolanas que están enfrentando situaciones similares junto a sus hijos por seguir una equívoca matriz de opinión.

Por su parte el cocinero y mesonero, Jesús Alfonso Salcedo de 49 años, se dio cuenta que debía salir inmediatamente de Perú cuando sufrió una recaída de accidente cerebro vascular, resultado del estrés que le generaba no tener un trabajo estable.

“Acá vivo con 10 personas, dos niños, cuatro mujeres y tres hombres, todos somos conocidos, yo por ejemplo, duermo en el suelo, lo más increíble es que se paga un alquiler de 1500 soles, pero nunca hay agua, tenemos 10 días sin agua.

“Vine a probar suerte como mesonero pero en realidad entré a una compañía de seguridad donde se trabajaba de 12 a 14 horas diarias, sin tener días libres, cuando realicé el reclamo me cambiaron de lugar y me incrementaron las horas de trabajo, después me botaron”.

En vista de los inconvenientes, Jesús Alfonso, se dirigió la Embajada de Venezuela en Perú y se apuntó inmediatamente al Plan Vuelta a la Patria. “Fui a la Embajada para que me prestaran una ayuda y de verdad que me atendieron muy bien (…) En este país el costo de las medicinas es elevado, no venden genéricos, sólo medicamentos de marca”.

¿Te irías de Venezuela nuevamente? Se le preguntó e inmediatamente respondió entre risas ¡No! “Cuando sales del país la gente te dice te dice – allá vas a triunfar, seguro llegarás haciendo esto o llegarás haciendo lo otro, pero resulta que no es así, aquí para ganarse un sol hay que echarle piernas”, exclamó.

Estas tres historias de vida son reflejo de las difíciles vicisitudes que deben enfrentar los inmigrantes venezolanos en la República del Perú. Este miércoles fueron repatriados un total de 90 connacionales a través del puente aéreo y terrestre impulsado por el presidente Nicolás Maduro, para un total 14.971 repatriados desde su puesta en marcha.
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