Monseñor Romero, una vida entregada al bienestar del pueblo salvadoreño

Óscar Arnulfo Romero y Gadálmez, fue un defensor de los derechos humanos y férreo opositor a las políticas de represión y exterminio aplicadas en su país por la dictadura del coronel Arturo Armando Molina a través de sus fuerzas de seguridad, conocidas popularmente, como Escuadrones de la Muerte, grupos conformados por militares, policías y civiles, activados por el gobierno injerencista de Estados Unidos.

Arnulfo Romero, quien sería conocido mundialmente como Monseñor Romero, nació el 15 de agosto de 1917 en Ciudad Barrios, al oriente de la República de El Salvador. Creció en el seno de una familia humilde y modesta. Su padre era empleado de correos y telegrafista, y su madre se ocupaba de tareas del hogar.

A la edad de 13 años comunicó a sus padres su deseo de hacerse sacerdote. En 1931, entró al Seminario Menor de San Miguel. Y posteriormente ingresó en el año 1937 al Seminario Mayor de San José de la Montaña en San Salvador e inició estudios con los padres jesuitas.

Fue elegido para ir a estudiar a Roma y completar su formación sacerdotal en la Universidad Gregoriana. Su selección se debió a la integridad espiritual e inteligencia académica manifestada durante el seminario. El 4 de abril 1942, a sus 24 años, fue ordenado Sacerdote.

Debido a su dedicación a los pobres y a los excluidos, se ganó el nombramiento de Obispo (1970) y Arzobispo (1977) de San Salvador. Ya como Arzobispo, en una entrevista para el periódico La Prensa Gráfica, denunció que “el gobierno no debe tomar al sacerdote que se pronuncia por la justicia social como un político o elemento subversivo, cuando éste está cumpliendo su misión en la política de bien común”.

Durante su trayectoria pastoral, Arnulfo Romero apostó a la reconciliación del país, infundió en el pueblo salvadoreño la fe y la esperanza hacia un futuro sin represión, abogó por un país más justo, defendió el derecho del pueblo a organizarse y refugió en la iglesia a miles de campesinos que venían huyendo de la violenta dictadura.

Para el régimen dictatorial de Arturo Molina resultaba sospechoso el apoyo de la iglesia al pueblo salvadoreño, por ello varios sacerdotes resultaron asesinados, entre ellos el padre Rutilio Grande (1977), amigo cercano de Monseñor Romero, por este trágico hecho fue celebrada una misa única en la Catedral, como un signo de repudio a la muerte del Padre Rutilio.

Rutilio, no fue el único padre asesinado, los sacerdotes Alfonso Navarro y su amigo Luisito Torres también sufrieron las agresiones de los escuadrones de la muerte. Luego fue asesinado el padre Ernesto Barrera. Asimismo, fue liquidado, en un centro de retiros, el padre Octavio Ortiz y cuatro jóvenes más. Por último, fueron también ultimados los padres Rafael Palacios y Alirio Napoleón Macias.

Monseñor continuó su labor pastoral en la Arquidiócesis y le dio un impulso profético nunca antes visto. Su lema fue “sentir con la iglesia” y su principal preocupación fue construir una iglesia fiel al evangelio y al magisterio eclesiástico sagrado.

Tras vivir los abusos de las fuerzas represivas de la dictadura contra los salvadoreños, el 17 de febrero de 1980, el mártir escribió una carta al entonces presidente de Estados Unidos, Jimmy Carter, exigiendo que cesara el apoyo militar al gobierno represivo de El Salvador. La respuesta del entonces Presidente de EEUU fue solicitar al Vaticano que fuese sancionado Monseñor Romero.

Según investigaciones realizadas por la cadena TeleSur “el Comité de Relaciones EEUU con América Latina (Cuslar) denunciaba que para la época existía una inyección diaria de 1.5 millones de dólares en ayuda de Estados Unidos a la dictadura de El Salvador, lo que dio recursos a las fuerzas represivas responsables por el asesinato de Romero y miles de ciudadanos”.

Monseñor Romero, fue asesinado el 24 de marzo del 1980 por escuadrones de la muerte con un disparo al corazón, mientras oficiaba una misa en la capilla del hospital la Divina Providencia de San Salvador, aproximadamente a las 06:40 p.m., el hecho ocurrió luego de que pidiera a los militares el cese de la represión contra los ciudadanos.

Hablar de Óscar Arnulfo Romero es referirse a una de las épocas más crudas en cuanto a represión ocurridas en San Salvador. Durante su entierro, el 30 de marzo, alrededor de 100 mil personas hicieron presencia en la Plaza Cívica (frente a Catedral), para acompañar los restos mortales de Monseñor Romero.

Los actos litúrgicos se interrumpieron a causa de la detonación de una bomba, seguida de disparos y varias explosiones más.  La reacción de la multitud fue de pánico, con la consecuente dispersión, atropellamiento, heridos y muertos. Monseñor Romero fue sepultado apresuradamente en una cripta en el interior de Catedral.

Luego de 35 años de su asesinato, Óscar Arnulfo Romero cuarto arzobispo de San Salvador, es beatificado tras ser declarado mártir de la iglesia católica, por el papa Francisco, quien desde su llegada en el año 2013 aceleró el proceso y aprobó el decreto que reconoce el martirio del arzobispo de San Salvador, in odium fidei, es decir, que fue asesinado por su fe católica y su amor a Cristo.

Operación Centauro

Monseñor Romero y las otras víctimas jesuitas asesinadas en el Salvador, fueron parte de la denominada “Operación Centauro” plan que tenía como objetivo el asesinato de religiosos sospechosos de colaborar con la insurgencia salvadoreña.

Según un artículo publicado por Dan Williams, en la Agencia británica, Reuters, entre los autores intelectuales del asesinatos del cuarto arzobispo del Salvador, se encontraban el entonces embajador de Venezuela en El Salvador, Leopoldo Castillo, mejor conocido por el pueblo salvadoreño como “Matacuras” quien se encargaba de informar a los servicios de inteligencia sobre las víctimas.

También se encontraban vinculados Roberto D’Aubuison, fallecido líder de los Escuadrones de la Muerte y quien se encargaría de dar la ordenes de asesinatos, planificar y supervisar; el capitán Álvaro Saravia, quien creó el plan de asesinato de Monseñor Romero; y Mario Ernesto Molina Contreras, hijo de Arturo Armando Molina y quien ubicó al francotirador; Eduardo Ávila, propuso el lugar de hecho; Walter Álvarez, encargado del pago; y Armando Garay, conductor del vehículo en el cual se trasportó al francotirador que le quitó la vida a Óscar Arnulfo Romero.

Treinta años más tarde se conocería el autor material del crimen, Marino Samayoa Acosta, miembro del equipo de seguridad del ex dictador, Arturo Armando Molina, el francotirador recibió 114 dólares por cumplir esta vil misión.

Roberto D’Aubuison, perteneció a la llamada Escuela de las Américas (SOA por sus siglas en inglés) que se dedicaba erradicar los movimientos de izquierda, y todo aquella persona que “atentara” contra las dictaduras impuestas en nuestra América por el gobierno de EEUU.

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